Cometas en el cielo


El cielo, algo gris aquella tarde, se llenó de colores, de pájaros y superhéroes. El viento los zarandeaba hacia el mar en un baile único y diferente. Algunas cometas se movían entre las nubes y rayos de sol. Otras, más tímidas, volaban cerca de la arena, algo inseguras, entre el aire, la risa de los niños y las indicaciones de los adultos: -¡Suelta un poco la cuerda! ¡Lo estás haciendo muy bien! ¡Lo has conseguido!-

Hacían falta las dos manos: la fuerte, que sostiene, y la pequeña, audaz y valiente. Las dos miradas: la que es capaz de trazar el recorrido de la cometa para un mejor vuelo y reconocer las posibilidades de quien la vuela, aunque sea inexperto. Pero también la del pequeño que, sin miedo, se adentra en las nubes surcando el horizonte. Hacían falta las palabras de aliento del adulto y la risa de los niños, que envuelve la realidad en una nueva dimensión más bella y libre. Hacían falta los dos corazones. Porque ambos se acompañan y complementan.

Sólo un imperceptible hilo blanco separaba, unos cuantos metros, las manos de la niña de la cometa. -¡Mirad!- gritaba ella. -¿Veis cómo he podido? ¡Mirad que alto vuela! Y con ella volaban sus sueños y deseos. ¿Infantiles? Quizá puros, sinceros, demasiado audaces. Sueños que no desaparecen aunque el viento se los lleve o la falta de aire impida su vuelo. Sueños que necesitan ser reconocidos, alentados, custodiados.

En nuestros centros de acogida de menores, como en San Juan Bautista (Valencia), intentamos acompañar su despegue, mostrar el vuelo, guiarles hacia un nuevo horizonte. Recogerlos cuando se caen y reparar la herida. Comenzar de nuevo soltando, poco a poco, el hilo que les ata al pasado, al miedo, a la desconfianza. Compartir sueños impidiendo que se apaguen en una sociedad que busca la eficacia y no tiene tiempo para observar cometas en el cielo. Porque es cuestión de dignidad y justicia. Porque nuestros valores, recibidos, avanzan acompañando el vuelo de las personas. Y dejando acompañar el nuestro.