En clave de valores, en clave de Adviento (I)


Y ya vamos a por la segunda…semana de Adviento. El tiempo corre, nosotros también. Es la rapidación de la que habla nuestro Papa Francisco: “A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman «rapidación». Si bien el cambio es parte de la dinámica de los sistemas complejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica. A esto se suma el problema de que los objetivos de ese cambio veloz y constante no necesariamente se orientan al bien común y a un desarrollo humano, sostenible e integral. El cambio es algo deseable, pero se vuelve preocupante cuando se convierte en deterioro del mundo y de la calidad de vida de gran parte de la humanidad.” (Laudato Si, n.18)

Tomamos dos ideas para animar a la reflexión:

  • intensificación de ritmos de vida y de trabajo (…)
  • velocidad de los cambios no orientados al bien común, sino al deterioro del mundo y la vida humana 

Con todo esto…, ¿podemos esperar como pide el Adviento? ¿podemos mantener una actitud expectante, esperanzada, ilusionante ante la vida y desde la fe? ¿y nuestros valores? ¿permanecen y avanzan a buen ritmo? ¿o quizás este fenómeno de la rapidación nos impide ser creativos, gratuitos, disponibles?

Vivir el tiempo de Adviento es en primer lugar, crear una vivencia del tiempo más amigable, más integrada, más intensa y sobre todo. más comprometida con el bien común y con cada persona. Es vivir ‘sin pausa pero sin prisa’ la conexión con los valores que son y nos hacen personas con, para y por los demás:

Para que el tiempo no corra sin más, para que el Adviento no pase, sin más, Y para que se cumplan las palabras del profeta Isaías:

El desierto y el yermo se regocijarán, el páramo de alegría florecerá, como flor de narciso florecerá, desbordando de gozo y alegría; tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón; ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes. Decid a los cobardes: Sed fuertes, no temáis; mirad a vuestro Dios, que trae el desquite y la venganza, viene en persona y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará; brotará agua en el desierto, torrentes en la estepa, el páramo será un estanque, lo reseco un manantial, habrá hierba, cañas y juncos, en el cubil de chacales. Lo cruzará una calzada que llamarán Vía Sacra, no pasará por ella el impuro, los inexpertos no se extraviarán. No habrá en ella leones, ni se acercarán bestias feroces, los redimidos caminarán por ella y por ella volverán los rescatados del Señor: volverán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua, siguiéndolos, gozo y alegría; pena y aflicción se alejarán.” (Is 35, 1-10)

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